Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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—En una casa tan grande como la nuestra puede haber de todo —respondió Xifeng—. Como dice el proverbio «se conoce la cara, no el corazón», señora. ¿Quién nos garantiza que son todas honradas? Pero si armamos un griterío y esto se hace público, la persona de marras comprenderá que, si usted la descubre, tendrá que pagar con su vida, y en su desesperación puede llegar a destrozar el jade para hacer desaparecer la prueba. ¿Qué hacer entonces? Mi tonta opinión es que debemos decir que a Baoyu jamás le gustó y que su pérdida no tiene la menor importancia, siempre y cuando guardemos el secreto y no permitamos que lo sepa la Anciana Dama ni el señor. Al mismo tiempo podemos despachar gente para que busquen por todas partes, y engatusar al ladrón para que lo entregue. De este modo podremos recuperar el jade y también castigar al responsable. ¿Qué le parece, señora?

Tras pensarlo un momento, la dama Wang respondió:

—Tienes razón, por supuesto, pero ¿cómo vamos a ocultárselo al señor? —Llamó a Huan y le dijo—: Se ha perdido el jade de tu hermano, ¿por qué armaste semejante escándalo cuando se te hizo una pregunta tan sencilla? ¡Si divulgas esto y el ladrón destruye el jade, no sobrevivirás!

En su terror, Huan sollozó:

—¡No diré una sola palabra!


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