Sueño en el pabellón rojo

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La Anciana Dama, por su parte, emprendió una animada conversación con Xifeng y Baochai hasta que entró Qiuwen con el siguiente anuncio:

—El señor Bao ha enviado a Beiming de vuelta con un mensaje para su esposa.

—¿Habrá olvidado algo? ¿Por qué habrá enviado al paje de vuelta? —se preguntó Baochai.

—Pedí a una de las muchachas que preguntase a Beiming —respondió Qiuwen—, y éste le dijo: «El señor Bao ha olvidado decir a su esposa lo siguiente: “si piensa ir a casa de su tío, que se dé prisa; si cambia de parecer, que no se quede mucho tiempo expuesta a las corrientes de aire en los patios y corredores”».

Se escuchó una sonora carcajada de la Anciana Dama, de Xifeng, y de todas las criadas y doncellas que allí había, pero Baochai, que se sintió profundamente avergonzada, espetó con desagrado a Qiuwen en tono de reproche:

—¡Idiota! ¡Irrumpir aquí sólo para decir esa tontería!

Qiuwen salió, sin dejar de reír, y encargó a la sirvienta de la puerta que mandara a Beiming al diablo. Éste se fue corriendo de allí, no sin antes gritar por encima del hombro:

—El señor Bao me obligó a desmontar para venir a traer este mensaje. Si no lo hubiera hecho me habría cubierto de maldiciones, y una vez que lo hago son ellas quienes me insultan.


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