Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —Mi prima tiene mucha razón —dijo él—. Yo me ocuparé de denunciar el caso, pues mantengo buenas relaciones con algunas personas del Ministerio de Castigos y puedo solicitar su ayuda para la investigación y el interrogatorio. Sin embargo, me parece que la cosa puede enmarañarse mucho si atamos a Baochan y dejamos libre a Xiangling.
—Yo no querÃa amarrar a Xiangling —le dijo la tÃa Xue—, pero temà que, enferma como está, una acusación falsa le hiciera pensar en el suicidio, con lo cual tendrÃamos otra muerta y otro problema. Por eso decidà inmovilizarla y ponerla a cargo de Baochan, que no le quita el ojo de encima.
—Pero eso ha sido como darle la razón a Baochan —objetó él—. Ya que las tres estaban juntas, lo mejor serÃa amarrar a las dos o soltarlas a ambas. Que vaya alguien a tranquilizar a Xiangling.
La tÃa Xue ordenó que abrieran la puerta y entró, mientras Baochai ordenaba a las doncellas que atasen a Baochan, quien, tras haberse regodeado con la visión de Xiangling llorando a mares, soltó un alarido cuando las vio venir hacia ella blandiendo sogas. Pero las doncellas de la mansión Rong le gritaron y la ataron. Se dejó la puerta abierta y apostaron a un vigilante.