Sueño en el pabellón rojo

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Y así, entre aullidos y sollozos, partió a pie con su hijo adoptivo sin aguardar a que llegara un carruaje, pues en su condición de comerciantes, los Xia no se preocupaban mucho de mantener la dignidad ni las apariencias. El hijo abría la pequeña comitiva mientras su madre, acompañada por una vieja desaliñada, iba lloriqueando por la calle donde tomaron un carruaje de alquiler. Apenas cruzó el portón de los Xue empezó, sin haber saludado a nadie, a lamentar en voz alta la suerte de su «propia carne» y clamar venganza.

Jia Lian había partido al Ministerio de Castigos en busca de ayuda, dejando a la tía Xue, a Baochai y a Baoqin, solas en la casa. Nunca antes se habían enfrentado a nada igual y estaban demasiado aterradas para abrir la boca. Y aunque hubieran tratado de convencerla, la señora Xia no las habría escuchado.

—¿Cuándo fue bien tratada mi hija aquí? —clamaba—. Su esposo la golpeaba e insultaba todos los días. Después no permitieron que la joven pareja estuviera junta: en esta casa se conspiró para meter en la cárcel a mi yerno, y que nunca más la viera. Ustedes, madre e hija, gozan del apoyo de sus distinguidos parientes, y como no podían tolerar la visión de Jingui consiguieron que alguien la envenenara, ¡y después de muerta la acusaron de haberse envenenado ella misma! ¿Pero por qué había ella de envenenarse?

Mientras hablaban se encaró con la tía Xue, que retrocedió protestando:


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