Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Volvamos ahora con Jia Yucun, que había sido promovido al rango de prefecto de la capital, encargado al mismo tiempo de los tributos. Cierto día salió de la ciudad a revisar el área cultivable, y tras cruzar el distrito de la Comprensión Extrema alcanzó el Vado del Despertar, en el Paso del Torrente de la Rápida Inversión. Cuando iba a cruzar el vado, esperando a su comitiva, avistó cerca de la aldea un templete de paredes decrépitas que asomaba entre un bosquecillo de pinos añosos. Yucun descendió de su carruaje y se dirigió hacia él paseando tranquilamente. A las imágenes del interior del templo se les había descascarillado el pan de oro, y el salón principal estaba en ruinas. A un lado había una tablilla partida, pero no alcanzó a descifrar la inscripción medio borrada que tenía encima.
Decidió rodear el templo hasta llegar a la parte trasera. Allí vio, a la sombra de un verde ciprés, una choza, y frente a ella a un monje taoísta meditando con los ojos cerrados. Al aproximarse, Yucun descubrió algo familiar en el rostro de aquel hombre y tuvo la sensación de haberlo visto antes, aunque no pudo recordar dónde. Sus ayudantes quisieron despertar al sacerdote a gritos, pero él lo impidió. Se le acercó caminando lentamente y lo saludó con veneración.
El taoísta, abriendo apenas los ojos, sonrió:
—¿Qué le trae hasta aquí, Su Ilustrísima?