Sueño en el pabellón rojo

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Jia Lian se retiró para resolver aquello, y fueron impartidas órdenes para que descolgaran el cadáver de Yuanyang y lo tendieran en el cuarto interior.

Pinger también se enteró de la noticia y acudió al lugar junto a Xiren, Yinger y las demás doncellas, y todas lloraron amargamente. Entre ellas, Zijuan pensó que tampoco había ya lugar para ella en aquella casa. Lloraba desgarradoramente, arrepintiéndose de no haber seguido a la señorita Lin para pagarle todas sus bondades y conseguir así un lugar donde morir. Pero ahora se deslizaba en vano por los aposentos de Baoyu, y aunque éste la trataba con mucho afecto, obviamente no podría conseguir ningún resultado.

La dama Wang mandó llamar a la cuñada de Yuanyang para que presenciara cómo la introducían en el ataúd. Tras una breve charla con la dama Xing, decidió regalarle cien taeles del dinero de la Anciana Dama, prometiendo entregarle más tarde las pertenencias de Yuanyang. La cuñada hizo una reverencia de agradecimiento y se retiró.

—¡Tenía un gran espíritu y era una muchacha afortunada! —dijo la cuñada, exaltada—. ¡Y ha conseguido ganarse un gran nombre y una buena despedida!

—Valiente manera de hablar —le dijo una matrona que estaba cerca—. Qué gusto puedes sentir habiendo vendido a la muchacha por cien taeles de plata, y cuánto hubieras disfrutado si la hubieras vendido al señor mayor por una suma aún más elevada.


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