Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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Hacia el crepúsculo tenía la voz tan ronca que parecía un fantasma aullando. Nadie se atrevía a permanecer cerca, y decidieron llamar a unos cuantos mocetones para que la acompañaran. Se pasó toda la noche gimiendo, perdiendo el conocimiento o recobrando algo de lucidez. Al día siguiente había perdido el habla, pero con el rostro contorsionado se dedicó a rasgarse las vestiduras desvelando los senos, como si alguien la estuviera desnudando. Como no podía expresarse verbalmente, la agonía de la pobre concubina Zhao resultaba un doloroso espectáculo.

En medio de ese crítico trance llegó el médico, quien no se atrevió a acercarse a ella para tomarle el pulso, pero advirtió a los presentes que fueran preparando los funerales.

Cuando se puso en pie para partir, el sirviente que lo había traído le suplicó con insistencia:

—Por favor, tómele el pulso para que pueda informar de ello a nuestro señor.

Cuando el médico aceptó, el pulso ya se había detenido. Al oír aquello, Jia Huan rompió a llorar y todos se volvieron hacia él, ignorando a la concubina Zhao, ya fallecida. Sólo la bondadosa concubina Zhou dijo para sus adentros con amargura: «¡Así que éste es el final de una concubina! Y eso que ella por lo menos tenía un hijo. ¡Quién sabe lo que ocurrirá cuando yo muera!». Aquella reflexión le resultó dolorosa, y la sumió en una profunda tristeza.


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