Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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Volvamos ahora con Jia Zheng, que escoltaba el ataúd de la Anciana Dama en su marcha al sur. Por el camino encontró muchos barcos repletos de tropas que regresaban corriente arriba, entorpeciendo el tráfico por el río y reteniéndolo más de lo que hubiera querido. Afortunadamente unos funcionarios de la comandancia costera le informaron de que el comandante de la guarnición de aquel lugar había sido llamado a la capital, y la idea de que Tanchun estuviera de vuelta en casa lo alegró. Intentó averiguar la fecha de partida de su hija, cosa que no pudo hacer, y le quedó cierta inquietud. Calculó que sus recursos empezarían a agotarse, y no le quedó más remedio que escribir al subprefecto Lai Shangrong, el hijo de Lai Da, para pedirle prestados quinientos taeles de plata, con instrucciones al mensajero para que le diera alcance con dicha suma.

Pasaron varios días, en los cuales el barco no avanzó más de unas pocas decenas de li; entonces su sirviente los alcanzó, y cuando subió a bordo entregó la carta de Lai Shangrong, en la que le hablaba de las recientes penurias y le remitía unos míseros cincuenta taeles.

Furioso, Jia Zheng ordenó al hombre:

—Lleva esto inmediatamente de vuelta con la carta, y dile que no hace falta que se moleste.


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