Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Xifeng no temía el trabajo duro. Cada mañana a las seis y media llegaba para pasar lista y ocuparse de cualquier asunto, y luego se sentaba sola en su anexo, sin unirse siquiera a las demás esposas jóvenes para dar la bienvenida a las visitantes que iban llegando.
El día trigesimoquinto, los monjes budistas realizaron los ritos para hendir la tierra en dos, abrir los infiernos de par en par[1] e iluminar a la muerta con linternas en su visita de homenaje al Rey de los Infiernos; arrestar a los demonios e invocar al subterráneo Príncipe Ksitigarbha para que elevase el Puente de Oro, y abrir camino con banderolas. Los taoístas ofrecieron plegarias e invocaciones, rindiendo culto a las Tres Purezas[2] y al Emperador de Jade. Los bonzos quemaron incienso recitando sutras, hicieron sacrificios a los hambrientos fantasmas y entonaron la Penitencia de Agua, mientras trece jóvenes novicias con chancletas rojas y túnicas bordadas recitaban salmos ante el ataúd para que el alma no extraviara su camino. Todo era tráfago y estrépito.
Sabiendo que aquel día podía llegar mucha gente, Xifeng dijo a Pinger que la despertase a las cuatro. Cuando hubo terminado su aseo, su desayuno de leche y sopa dulce de arroz, y se hubo enjuagado la boca, eran ya las seis y media y la esposa de Lai Wang la esperaba con los demás sirvientes. Xifeng dejó el salón y subió a su carruaje, que lucía en la parte delantera, iluminando el camino, dos brillantes faroles de cuerno con unos grandes caracteres que decían: «Mansión Rong».