Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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Todas las criadas asistieron a la revista del día, salvo una portera. La buscaron, y al fin apareció temblando de pánico.

—Sin duda debes considerarte superior a las demás para desobedecerme de esta manera —dijo Xifeng con sorna.

—Todos los días he llegado a tiempo, señora —dijo la mujer—, pero esta mañana desperté demasiado temprano, así que me volví a dormir. Por eso me he retrasado unos minutos. ¡Por favor, señora, perdóneme esta vez que ha sido la única!

En ese justo momento acertó a pasar por allí la esposa de Wang Xing, de la otra mansión, quien lanzó una mirada de reojo a la escena. Sin despedir todavía a la mujer, Xifeng le preguntó qué quería. Ansiosa por arreglar primero su asunto, la esposa de Wang Xing se adelantó a pedir hilo de seda con el que hacer borlas para los carruajes y los palanquines. Xifeng ordenó a Caiming que calculase el número de hilos, cuentas y borlas necesario para dos palanquines, cuatro sillas de manos y otros cuatro carruajes. Considerando correctas las cifras, Xifeng dijo a Caiming que las asentara en el libro y entregó una tarja de la mansión Rong a la esposa de Wang Xing, quien partió con su asunto resuelto.

Xifeng quiso volver a ocuparse del suceso de la sirvienta desobediente, pero antes de que pudiera hacerlo entraron cuatro mayordomos de la mansión Rong con unos pedidos de almacén. La joven señora hizo leer el pedido y señaló dos de los cuatro renglones.


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