Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Las sombras de las flores cubren su cuerpo.
Los cantos de las aves llenan su oído.
Daiyu, cuyo lamento había disminuido de intensidad, pudo oír claramente como alguien lloraba en la ladera, «Todos se ríen de mi locura, ¿es posible que haya alguien tan loco como yo?», se preguntó. Y al levantar la vista vio a Baoyu.
—¡Es él! —gruñó—. ¡Ese diablo sin entrañas!
O al menos eso quiso decir, pues justo cuando iba a pronunciar «sin entrañas» se llevó la mano a la boca enmudeciéndose. Después dio un largo suspiro, giró sobre sus talones y se marchó rápidamente de aquel lugar.
Cuando Baoyu, más calmado, pudo levantar a su vez la vista, ella ya no estaba, y pensó que se había ido porque no quería encontrarse con él. Se incorporó, se sacudió el polvo de la ropa y bajó la colina para emprender el regreso al patio Rojo y Alegre. Viendo que Daiyu andaba delante, echó a correr dándole alcance.
—¡Detente, por favor! —le suplicó—. Sé que no quieres verme, pero déjame decirte sólo una palabra. Cuando haya terminado podremos separarnos para siempre.
Daiyu se volvió. De buena gana no le hubiera prestado atención, pero ya que sólo se trataba de una palabra…
—Sólo escucharé una palabra.
—¿Y me escucharías si en vez de una fuesen dos? —preguntó el muchacho.