La Charca

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Como gala extraordinaria, se calzaban; los mozos apenas si podían encontrar calzado bastante ancho para sus pies, encallecidos por las asperezas del suelo y agrandados por el constante ejercicio; las jóvenes, casi todas de pie diminuto, sentíanse, sin embargo, molestar por la presión desusada de aquellos tiranos de cuero amarillo. Muchos llevaban debajo del brazo los zapatos para ponérselos a la entrada del baile, porque así la caminata sería más cómoda y el deterioro del calzado menos sensible.

En todos los confines de la montaña, allí donde hubiera un hogar, sentíase aquel ondeo viviente preparado por la alegría y el ansia de ser feliz.

En la casucha de Leandra todos estaban ya dispuestos. Gaspar canturreaba en el batel[21], Leandra, con la ropa limpia, estaba ancha, ruidosa con el roce de los pliegues y el ruedo del vestido.

Por encima de la cintura, más oprimida que de costumbre, amontonábanse sus senos enormes, dando al busto apariencia deforme, de engañosa turgencia, de falsa morbidez.



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