La Charca

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Silvina está sencilla, muy sencilla. De su atavío, ceñido con gracia, desprendíase aura atrayente de juventud. Estaba bella, con sus ojazos negros y sus pestañas largas y suaves. Su cuerpo delgado, esbelto, lucía galas encantadoras, mostrando el atractivo de finas líneas curvas en el dorso, en los brazos y en el cuello, en donde la redondez despertaba la tentación de los besos. Movíase con elegancia, con innato donaire, como mujer que sabe que es hermosa y se complace en mostrarlo.

Pequeñín era también de la comitiva: no podía quedar solo en la cabaña, y para que no estorbara a los mayores se le acostaría, cuando durmiera, en cualquier rincón de la casa del baile o en otra vecina.

Leandra quiso ser previsora. Por si Galante visitaba aquella noche la choza, era preciso que hallara la puerta franca. Antepúsose, pues, la hoja de palma y se dejó suelta, sin atarla con el mimbre, con el bejuco con que solían asegurarla.

Salieron, y al llegar a la margen del río Gaspar se detuvo.

—Ahora —dijo— sigan ustedes. Yo tengo que hacer todavía una diligencia.

—¿Pero vamos a ir solas?

—No, mujer…, ¡si por el camino va un bando de gente! ¿A qué le tienen miedo?

Pa mi gusto sigo sola —dijo Silvina.


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