La Charca
La Charca Escuchaba Silvina sin perder un solo detalle del asalto. ¡Qué atrevimiento, qué audacia! Tenía ella inmenso miedo; pero al mismo tiempo, desvanecido el malestar sufrido a la salida del baile, experimentaba arrobamientos de felicidad.
Allí estaba el hombre amado que por ella a los mayores peligros se exponía. Y en la sombra del cuartucho, sentada sobre la estera, teniendo al lado a Gaspar, desde el fondo del alma admiraba a Ciro; veíale engrandecido por la pasión, digno cien veces del premio a tan duro precio perseguido.
¡Ah, pero si los sorprendía! ¿Qué iba a pasar allí? Entonces, resuelta, deslizóse por el suelo hasta el hueco abierto por Ciro.
—¡Por el amor de Dios…, ten cuidado!
—¡Silvina!… ¡Silvina de mi alma!
Y abrazados, él con los pies en el sótano y el busto en el interior de la casa, y ella acurrucada junto al hueco del pavimento, unieron sus labios, diéronse besos muy diminutos para que no sonaran.