La Charca

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Allí, en voz muy tenue, cambiaron algunas palabras que el temor hacía balbucientes. Él, resuelto a terminar, impaciente, bajo el estímulo de una premura necesaria, queriendo acortar la aventura, cuyos peligros comprendía, en una oscuridad de donde podía, súbito, esgrimirse el machetazo del huésped sorprendido en el sagrado del domicilio. Ella, ebria. Sí, era preciso dar fin a aquella historia. En el baile, en brazos del joven, había entrevisto momentos de dicha. Sentíase invadida por la vacilación final. Así, al sentir la ternura del joven, cerró los ojos. ¿Tenía que ser? Pues que fuese…

—Espera… —dijo al oído de Ciro.

—Espera. Quería convencerme de que ése está bien dormido. No subas, no entres…, yo te avisaré…

Deslizándose, volvió al lado de Gaspar, que roncaba como fuelle de fragua. Acercóse y le observó un rato. Dormía. ¿No estaría despierto, fingiendo dormir para caer a traición sobre ellos?

Observó otra vez. Dormía. Ella, sin embargo, quiso la evidencia. Alargó los brazos y le tocó, dióle luego suaves empujones llamándole entre dientes, como si temiera que estando dormido le despertara la prueba.

—¡Gaspar! ¡Gaspar!—Y como éste no respondiera, continuó—: ¡Gaspar, por vida tuya, Gaspar!

Yacía éste como masa de carne averiada que arrojó un matarife.


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