La Charca
La Charca —¡Gaspar…, oyes, Gaspar!…
Le movió con más fuerza, pero en vano. Entonces, respiró ella con placer… ¡Estaban seguros! Volvió junto a Ciro, y con voz tenue, emocionada, deliciosamente cariñosa, dijo al joven:
—Ven.
Mas en aquel momento oyóse una voz gutural que murmuraba en el cuarto inmediato.
Galante habÃa oÃdo cuando Silvina llamaba a Gaspar. Primero permaneció indiferente; luego, aquel por vida tuya, le hizo levantar la cabeza. Escuchó la voz insistente de la joven y sonrió. ¡Diantres! La pobrecilla, después de la noche alegre, estaba desvelada; y el bruto de Gaspar habÃase dormido, sin duda abandonando con estúpido desvÃo la exigente juventud de su mujer.
Llamó a Leandra. Ésta, que dormÃa panza arriba como un quelonio volcado, despertó remolona. Él dijo algo que repitió con insistencia, mientras empujaba a Leandra para hacerla levantar… Despierta Leandra al fin, comprendió… Levantóse y al poner los pies en el suelo toda la casa crujió.
Silvina, al escuchar los ruidos, quedó helada de susto, y Ciro, que habÃa empezado a subir por el agujero, detúvose receloso.
—Lo que te decÃa…, ¿ves? —dijo ella.
—No…, no es nada…
—¡Vete…, vete…!