La Charca

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Sonaron pasos. Leandra, caminando a oscuras se dirigió al cuarto de Silvina.

Midió Ciro el peligro. Si estaba ella resuelta, cualquiera hora sería mejor que aquélla, sin necesidad de arriesgarse en los peligros de escándalo. Era indudable que alguien se había despertado. Persistir, permanecer allí, era comprometerse totalmente sin llegar al buen éxito. El instinto de conservación triunfó, y mientras Silvina se replegaba encogida al lado de Gaspar, deslizándose por el hueco, huyó apresuradamente hasta perderse en el bosque.

En tanto, Leandra llegó junto al lecho de Silvina, se inclinó sobre ella, la asió de una mano.

Invadida por un terror de muerte, Silvina comprendió también.

¡Era el tráfico, el horrible tráfico, desgarrándola con su inicua zarpa!

Permaneció inmóvil, fingiéndose dormida; pero Leandra tiraba de ella. ¡Ah, imposible! Pensó verse arrebatada por una ráfaga de dicha y volvía a la realidad sintiéndose empujada al asco y a la infamia. No, no iría…; ya era bastante infeliz para consentir otra vez tal canallada.

Mas Leandra la movía bruscamente.

—Silvina…, está amaneciendo. Levántate…, junta leña para hacer café…

—No puedo…, estoy muerta de sueño…


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