La Charca
La Charca —Silvina, ¿no entiendes?… Ven…, ven.
SabÃa ella que tales palabras eran un pretexto, un andrajo de apariencia con que se cubrÃan las intenciones. Y resistÃa, resistÃa…
Pero Leandra, apretándola, tirando de ella, consiguió levantarla, sacarla del cuarto, conducirla al otro; mientras, ella pensaba que su resistencia moverÃa ruidos; que despierto Gaspar le empujarÃa también; que harÃan luz y aparecerÃa delante de todos aquel agujero practicado en las tablas que ella, furtivamente, debÃa cerrar antes del dÃa. Pensó, en fin, en inmenso abandono, en su desvalida soledad en medio de aquellos seres, resueltos a herirla en el corazón, a retorcerle el alma…
Entonces, en la oscuridad, un brazo de hombre la ciñó por la cintura.
Leandra bajó el colgadizo, reunió algunas astillas, que al ser encendidas chisporrotearon con movediza llama; puso a hervir el agua para el desayuno, y, en cuclillas frente al hogar, esperó el hervor, mientras en el sereno cielo empezaban a difundirse prÃstinas claridades de alba, los primeros indecisos colores del dÃa, tan suaves, tan inocentes, tan puros.