La Charca
La Charca Juan recordaba de su Jacobo al niño vivo, dispuesto, de mirada inteligente, de juicio robusto. Poco a poco, en el curso de los años, fue siguiendo en sus cartas los progresos que operaba en su hijo la cultura del gran centro. Jacobo tenía talento: sus cartas denunciaban la desenvoltura que el cultivo realizaba en sus facultades innatas y los avances conseguidos por el estudio.
Juan estaba contento, tenía fe en lo porvenir del amado ausente, porvenir sólidamente fundado en la fortuna que para él amasaba y en la brillantez de su espíritu cultivado y una inteligencia superior.
Sacó del legajo la última carta recibida para releerla con el alma abierta a la ternura.
En aquella carta, como siempre, lo primero era el culto filial. Jacobo ansiaba el momento de fundirse con arrebatos de loco placer en los paternos brazos. Era amor de niño saturado de sentimentalismos de adolescente, era un cariño intenso, vivísimo, como un rayo de sol reflejado en un espejo.