La Charca

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De los siete nadadores, dos a punto de ahogarse viéronse obligados a ganar la orilla; cuatro, a diferentes distancias, pugnaron por atravesar el cauce; sólo uno, Inés Marcante, más diestro, más ágil, más afortunado, llegó al árbol, sujetó al muchacho por un brazo y le montó en la más gruesa rama. Después montóse él, arrastró al náufrago por el tronco y esperó el auxilio de los campesinos situados en la orilla derecha. Luego, ya en tierra, le acostó a la larga y comenzó a darle friegas. Los otros salvadores salieron al fin, y a la consternación de las gentes siguió un clamor de victoria.

Sintió Juan que el pecho se le dilataba, inundado de gozo. Aquello había sido un rayo de luz en la noche de su pesimismo, una flor nacida entre ortigas, un ágata en el pantano.

El río, en tanto, en su carrera loca, continuaba despeñándose, envolviendo en espumas las márgenes y destruyendo las plantaciones ribereñas. Juan, seguido por Montesa, recorrió aquellos lugares y pudo darse cuenta de la importancia de los daños. Algunos cafetos derribados y algunos malecones contentivos de los terrenos, destruidos por las aguas.

Después, anocheciendo, dispersáronse los campesinos; unos que viven en la orilla derecha, obligados a pernoctar en la izquierda; otros avecindados en la izquierda, en el caso de hacer noche al otro lado.


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