La Charca
La Charca Para nadie faltó café: alarde hospitalario dominó el concurso, y bien pronto el suelo de palmas de las chozas sostenía a los durmientes extraños y a los caritativos anfitriones.
Juan regresó pensativo. Sus meditaciones iban a tener ancho campo; su espíritu de sutil observador, recientes impresiones.
Al llegar a la casa dijo a Montesa:
—Y bien: ¿qué te han parecido Inés Marcante y sus compañeros?
Montesa quitóse el sombrero, rascóse el occipucio, dudó un momento y dijo:
—Pues me han parecido… que… Vamos, que esos diablos casi me han hecho llorar.
Una hora después era noche cerrada. El río, aunque cediendo en su furor, rugía siempre, mientras las sombras lo encapuchaban todo. Ni una estrella, ni un celaje: sólo algún trueno lejano difundiendo su detonación elástica. Era una noche tétrica: el cielo negro; la tierra, negra; el vacío, negro también, como si todo se enlutase por la ausencia del sol. De la tierra levantábanse húmedas condensaciones; la gran esponja terrena, henchida por la lluvia, devolvía con hartura en invisibles nubes de riego fecundo.
La Naturaleza reposaba de los desastres del día, elaborando en sus senos recónditos los primores de su materna gestación.