La Charca
La Charca Palideció Andújar. ¡Robarle…, asesinarle! ¡Canallas! Haber amparado al desertor, al pillete de su primo, librándole cien veces de las persecuciones de la Guardia Civil para que ahora le hiciera vÃctima de tan miserable trama.
Dudó si serÃa verdad lo que Marcelo relataba.
¿Qué interés podÃa impulsarle a mentir? SÃ; todo era cierto. Marcelo era un pobre chico, incapaz de embuste semejante. Le conocÃa, y no dudó: era evidente que le preparaban una asechanza.
En tanto tiempo de residencia en la comarca, jamás le habÃa asaltado temor alguno; aquélla era una buena tierra, sin alimañas, en donde se vivÃa en paz. Alguna que otra raterÃa. Eso a lo sumo.
Pero sin duda su prosperidad despertaba la envidia de su pariente, y éste arrastraba al bárbaro de Gaspar a la maquinación en proyecto.
No habÃa que confiar demasiado; su casa estaba casi desprovista de seguridades: delgados tabiques de tablas, puertas cerradas con débiles trancas o con cerraduras iguales a las de todo el mundo. Nada más fácil que romper una ventana o desplazar una puerta y, una vez dentro, desvalijarle. ¡Ah, buena suerte fue para él la lealtad de Marcelo!
Por aquellos dÃas andaba Andújar preocupado con importantes negocios que le desviaban de los acostumbrados.