La Charca

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Creyó Silvina morir, creyó enloquecer. Tenía el cadáver henchida la cabeza; la bóveda del cráneo había sido separada, y al aplicar después en su sitio el segmento levantado, veíase por la ranura la masa cerebral. El tórax también había sido abierto, y como la inspección pericial anduvo por los rincones de los órganos, al dejar las cosas dispuestas para el enterramiento, la pared del pecho no cubría bien el removido hueco, y podíanse descubrir pedazos de pulmón seccionados en varias direcciones, costillas divididas por la tijera disectora, y el corazón abierto en dos pedazos y atravesado por el puñal de Marcelo. Luego el vientre, que, aumentando el destrozo, había sido asimismo abierto, mostraba el laberinto de entrañas desplazadas y heridas en distintas direcciones por el bisturí del análisis. Todo revuelto, desconsiderado todo, por la impiedad de la autopsia.

Las dos mujeres recibieron profunda impresión. Leandra, pálida, fría, con los ojos secos, sentía el horror del espectáculo nunca visto. Silvina, presa de inconsolable llanto, tuvo para aumentar su desconsuelo ideas desgarradoras. ¡Pobre Ciro!… ¡Tan generoso, tan bueno, y destrozado de aquella manera, poco menos que partido en pedazos antes de hundirle en la tierra y dejarle descansar eternamente!


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