La Charca

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Después siguióle un período de tristezas. La soledad de la casucha y la estrechez de la familia renovaba a cada instante las heridas; mas en el correr del tiempo fuéronse entibiando los paroxismos y agudezas del dolor.

Leandra lavaba siempre; por entonces, con más ardor, con más afán, porque de aquel exprimir andrajos ajenos salía el mísero sustento de todos. Silvina, triste, muy triste, muy enferma. Sus lágrimas no eran ya ruidosas, con explosiones de dolor y de rabia, sino silenciosas, reflexivas.

Andando los días, las realidades de la vida trajeron ocasiones para las contrariedades y el reproche. Madre e hija, ante la escasez, sentíanse irritadas, abrumándose con su mutua presencia, chocando los caracteres por menudencias y pequeñeces.

Al fin llegaron a vivir en plena discordia: un sordo encono, una miserable hostilidad las agitaba.

Un día, inesperadamente para Silvina, instalóse en la casucha un hombre, otro hombre, algún hambriento a cuyo señorío iba a rendirse Leandra.

Renacieron en Silvina pensamientos dormidos. ¿Y ella no era mujer también? Cuando pensó en la posibilidad de un nuevo lazo apoderóse de ella un sentimiento de repugnancia. Ciro, sólo Ciro, vivía en su alma: ella no podía amar a nadie.


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