La Charca

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Mas Ciro había muerto, y aquel amor era un fardo de memorias que no retoñaban en la realidad, ni amasaban pan, ni procuraban bienestar. Ella era joven, bella todavía. Su madre, casi vieja, encontraba… ¿Por qué no habría de encontrar ella?

Continuó el tiempo su labor borrando siempre la intensidad de las impresiones, debilitando la firmeza de los propósitos.

Cierta mañana, después de una gran discordia, tomó Silvina una resolución. Inés Mercante habíala invitado a seguirle, y sin amor, sin apego, casi con repugnancia, fuese tras él, colgando el nido allá en lo alto, en lo desnudo de la vegetación, en lo bravío de la finca de Juan.

Por entonces estaba éste ausente. Jacobo habíase graduado, y el cariñoso padre no tuvo paciencia para esperarle: embarcóse, voló a sus brazos, emprendiendo con él un viaje por Europa.

Montesa quedó encargado de la gestión agrícola de la finca, que un amigo de Juan administraba desde el poblado. El antiguo marinero estaba hinchado de orgullo, envanecido de amor propio, ansioso de cumplir sus deberes hasta un límite más allá de lo que pudieran exigirle. Tenía un mayordomo subalterno; daba órdenes terminantes, disponía sin consentir réplicas; dignábase en ocasiones ser amable como cumple a una autoridad suprema.


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