La Charca

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Andújar y Galante habíanse ya lanzado… La especulación les embriagaba, les arrastraba, les hundía en sus misterios, en sus tenebrosidades, en aquellas en donde sólo una luz brilla: el oro. De vez en cuando, Andújar visitaba su finca, y hacíalo afectando cierto desdén… Dados sus negocios comerciales, su estancia resultaba una pequeñez, un juguete.

Marcelo no se oyó condenar. Convicto y confeso, y antes de terminarse el proceso que se le siguió, en el cual no se consideraban atenuantes, sucumbió en la cárcel. Sobre el húmedo pavimento de una bartolina, respirando el envenenado aire carcelario, resistió poco, murió casi idiota. Sólo una alegría tuvo: la noción de que iba a morir. ¡A reposar tranquilo, a descansar al fin!…

Silvina, en su nueva vida, no aspiraba a mucho: que la mantuvieran, que la consideraran, que no la hicieran sufrir con malos tratamientos. Habíase creado una vida doliente sin que supiera con certeza dónde empezaba el dolor físico y dónde el dolor moral, y en esa vida de sollozos y tristezas quería paz, sosiego, una limosna de felicidad.




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