La Charca

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Juan se dispuso a complacer sus deseos. Bebieron un moscatel que, aunque muy alcoholizado, pasaba por bueno en la comarca. Y así, en cordiales expansiones, esperaron la hora del almuerzo.

Como siempre sucedía, la conversación recayó en el tema predilecto. Las cosas de la vida, el estado social de la colonia, la miseria pública, la nerviosidad de las costumbres, la necesidad de una gran espumadera que depurase el corrompido monstruo de las cordilleras…

—Y la única depuración posible —decía el sacerdote con tono convencido—, lo único que puede sanear este osario de vivos es la fe. Sí, la fe, que llena de salud el gran pulmón del mundo; la sublime fe, que redime a los esclavos del espíritu. Es preciso que este montón de ilotas levante la cabeza y vea detrás de esa bóveda azul la felicidad suprema de otra vida. ¡Que crea en Dios, hombre, que crea en Dios! Porque aquí no se cree en nada, aquí no se espera nada. Esta gente vive muriendo, acabándose poco a poco a cambio de placer, como la piel de zapa de Balzac…




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