La Charca
La Charca Juan sonreía, haciendo movimientos negativos con la cabeza. Como de costumbre, la gran cuestión estaba planteada. El padre Esteban, empeñado en salvar la sociedad arrastrándola en el carro de las creencias. No; aquello era volver sobre lo mismo: encerrarse en el secular círculo vicioso de todos los escolásticos. Para creer es menester reflejar sobre la materia organizada el haz luminoso de ideas que inspiran las creencias, es menester digerir esas ideas en el admirable estómago perceptivo del cerebro, transformándolas después en juicios justos, serenos, sensatos, razonables. Y el cerebro de aquellas gentes precedía doliente a las enfermizas reacciones de un cuerpo herido de muerte. ¿Cómo, entonces, pedirles aquella soberbia digestión del pensamiento para forrarles el cuerpo de convicciones inconmovibles capaces de resistir las luchas contra el genio del mal?
El padre Esteban escuchaba con impaciencia.