La Charca
La Charca —No —decÃa—; ¡error!, ¡error! y ¡error! La fe no necesita ese flujo de ideas que la filosofÃa profana exige como condimento irreemplazable de sus manjares. Para creer basta con creer. Que suene la campana de la iglesia, que el ruido se desdoble con vibración mÃstica y abarque los horizontes; que llegue del llano a la cumbre; que suba como onda suave y penetre en todos los hogares y llegue a todos los corazones, y todos los corazones experimenten la emoción del humilde ante el grande: eso es fe. Que se ilumine el altar; que irradien fulgor cariñoso los cirios; que se desprenda el aroma del incienso; que los fieles sientan el poderoso atractivo de la dicha entrevista y lleguen y se prosternen y oren: eso es fe. Que la palabra de Dios acaricie como mano maternal, desde el púlpito, las cabezas dobladas de los devotos; que explique en olas de elocuencia los sagrados misterios de la iglesia; que se desgranen sobre el concurso, como bendita simiente, las leyes religiosas, y ese concurso escuche, y se conmueva, y rece contrito, y aspire al perdón de sus culpas: eso es fe. Y no lo dude usted: eso salva las clases y regulariza el mundo, y en estos montes llenos de parias harÃa levantar una clase regulada, ennoblecida por el trabajo y la redención. Pero no… Suena la campana, y como quien oye llover; se ilumina el altar y abren con estupidez la boca para seguir las espiras humosas de los cirios; habla el sacerdote desde el púlpito, y por un oÃdo le entran y por otro le salen las palabras. ¡Hay que insistir, hay que luchar! Fe, y sólo fe, puede salvar esta generación de fantasmas, sacándola de la alberca en que se revuelve.