La Charca
La Charca Juan negaba, interrumpía al padre Esteban, trataba de probarle que no era posible tan honda influencia en las prácticas religiosas. Las religiones positivas eran efluvios efusivos del sentimiento, que, cuando no perfección más absoluta, necesitaban, para nacer en el hombre, que éste tuviera organización nerviosa para determinarlas. Además, pueblos enteros exagerando los sentimientos religiosos habían caído en la superstición, estacionándose en la ignorancia. Él consideraba anacrónicas tales filosofías. Decía que los tiempos son hoy de análisis, de amplio examen, de libre crítica; que era menester investigar en los horizontes, porque lo mismo los fenómenos físicos que los morales se encadenan y gravitan entre sí como los astros.
El padre Esteban alzaba la voz, discutiendo con calor. Aquello era la disipación, la crápula del buen sentido. La fe era una potencia como la honda agitada en torno de la mano del hondero. Una vez abierta esa mano, iba la piedra, arrojadiza y veloz, a determinar la amplia trayectoria. La creencia era como la honda: iniciado el sentimiento a través del tiempo y venciendo todos los obstáculos, volaba trazando inmensa trayectoria para ganar las lontananzas de lo porvenir. Y Juan, sintiéndose poseído de entusiasmos analíticos, se enardecía también, se acaloraba, penetrando en ideas de otro orden y en profundidades en que había pensado muchas veces.