La Charca
La Charca Deblás era ave incierta, de esas que no tienen zona propia y vuelan de un lugar a otro, atisbando las buenas presas. Su irregular situación con la justicia le impedía mostrarse y trabajar en las fincas, a menos que fuera en operaciones de las que no figuran en la lista de la semana; y, de otro lado, los propietarios, conociendo la historia del presidiario, esquivaban darle trabajo por temor a verse envueltos en asuntos de justicia.
De ese modo, Deblás vivía del favor de Andújar, de la amistad de algunos campesinos, de la tolerancia de todos y de las ventajas del juego, que establecía invariablemente los domingos.
Así pues, en la jugada a orillas del río llevaba aquel día el timón. Con su cuerpo flaco, encogido, parecía un sediento sorbiendo poco a poco el dinero de los otros. Sus dedos, anchos y aplastados en la punta, barrían las monedas como escoba de pajuncia que barriera el polvo, y los naipes en sus manos parecían sujetos por un secreto imán, mezclados con la atracción de un unto pegajoso. No podían caer y dispersarse: estaban asidos por aquellas manos flexibles, que a cada contracción muscular les imprimían una forma y una disposición distinta.
En torno estaban los puntos, los que apostaban, y más afuera los que miraban sin jugar. En conjunto, veinte o treinta gañanes, que sudaban ansiosos ante las peripecias del juego.