El dinero
El dinero Ante la indiferencia que le testimoniaban, Saccard, con su mirada febril y provocadora, terminó de dar la vuelta en torno de la sala. Pero sólo cambió una inclinación de cabeza con un corpulento joven, sentado a tres mesas de distancia; el apuesto Sabatani, un levantino de rostro largo y moreno iluminado por unos hermosos ojos negros, pero de boca maliciosa e inquietante, que dañaba. La amabilidad de aquel joven acabó de irritarle. Era sin duda un ejecutado por alguna Bolsa extranjera, uno de aquellos seres misteriosos a quien amaban las mujeres, caído en el mercado desde el otoño anterior, y que ya había visto actuar como hombre de paja en un desastre bancario, mientras, lentamente, iba conquistando la confianza de los profesionales, con su corrección y su infatigable amabilidad, que prodigaba incluso a los más vencidos.
Ante Saccard se mantenía atento un mozo.
—¿Qué va a tomar el señor?
—¡Ah, sí!… Lo que usted quiera; una chuleta, unos espárragos…
Luego, volvió a llamar al mozo.
—¿Está seguro de que el señor Huret no ha venido antes que yo, marchándose luego?
—Sí, señor, completamente seguro.