El dinero
El dinero Pero, del fondo de su ser, sentía brotar un ansia de revancha, y la ausencia de Huret, que le había prometido formalmente estar allí desde las once, para darle cuenta de las gestiones que le encargara realizar cerca de su hermano Rougon, ministro a la sazón triunfante, le exasperaba sobre todo contra este último. Huret, dócil diputado, hechura del gran hombre, no era más que un comisionado. Pero Rougon, que todo lo podía, ¿era posible que le abandonase así? Nunca había demostrado ser un buen hermano. Se explicaba que se enfadara después de la catástrofe y que rompiera abiertamente, para no verse a su vez comprometido. Pero, transcurridos seis meses, ¿no debía haber acudido secretamente a él para ayudarle? ¿Tendría acaso el valor de negarle la suprema cooperación que había tenido que pedirle a través de un tercero, sin atreverse a verle en persona, temiendo que se dejara arrebatar por un acceso de cólera? Sólo tenía que pronunciar una palabra para ponerle nuevamente en pie, con el París inmenso y cobarde bajo sus talones.
—¿Qué vino desea el señor? —preguntó el jefe de la bodega.
—El burdeos corriente.