El dinero
El dinero A partir de entonces, Hamelin y Saccard sostuvieron cada mañana prolongadas conversaciones, pues si las esperanzas eran dilatadas, las dificultades se presentaban enormes y numerosas. El ingeniero, que precisamente estaba en Beirut en 1862, durante la horrible carnicería que los drusos hicieron entre los cristianos maronitas, que exigió la intervención de Francia, no ocultaba las dificultades que habrían de encontrar en aquellas poblaciones entregadas a continuas batallas, libradas con la complacencia de las autoridades locales. No obstante, poseía en Constantinopla poderosas relaciones y contaba con el apoyo del gran visir, Fuad-Pacha, hombre de grandes méritos y declarado partidario de las reformas, por lo que alardeaba de obtener de él cuantas concesiones fueran necesarias. Por otra parte, aunque profetizaba la bancarrota fatal del imperio otomano, veía más bien en ello una circunstancia favorable, por la desenfrenada necesidad de dinero, reflejada en los empréstitos que se sucedían de año en año. Cuando un gobierno estaba necesitado y era incapaz de ofrecer garantía personal, estaba siempre dispuesto a entenderse con empresas particulares, por escaso que fuese el beneficio que éstas le dieran. Al fin y al cabo, aquélla era una forma práctica de zanjar la eterna y embarazosa cuestión de Oriente, interesando al imperio en grandes trabajos colonizadores que conducirían al progreso, para que finalmente desapareciese aquella monstruosa barrera alzada entre Europa y Asia. ¡Qué hermoso papel patriótico desempeñarían en ello las compañías francesas!