El dinero
El dinero DÃas después, cierta mañana, sin darle importancia, Hamelin abordó el programa secreto a que a veces hacÃa alusión y al que, sonriendo, daba el nombre de coronamiento del edificio.
—Entonces, cuando seamos los amos, estableceremos otra vez el reino de Palestina, donde situaremos al Papa… En principio, bastará con Jerusalén, unido a Jaffa, como puerto de mar. Luego, Siria se declararÃa independiente y quedarÃa anexionada… Ya sabe que se acerca el momento en que el papado no podrá permanecer en Roma, bajo las intolerables humillaciones que se le preparan. Ello hace que, llegado el dÃa, hemos de estar dispuestos.
Saccard, boquiabierto, le oÃa decir todo aquello con gran naturalidad, consciente de su profunda fe católica. No era él persona que se echase atrás ante las imaginaciones más extravagantes, pero jamás hubiese llegado hasta tales extremos. Aquel hombre cientÃfico, de tan frÃa apariencia, le dejaba estupefacto. Asà fue que exclamó:
—¡Es una locura! ¡La Puerta no cederÃa nunca Jerusalén!