El dinero
El dinero —¿Y por quĂ©? —replicĂł tranquilamente Hamelin—. ¡Tiene tanta necesidad de dinero! JerusalĂ©n le estorba y se librará gustosa de ella. A menudo no sabe quĂ© partido tomar entre las diversas comunidades que se disputan la posesiĂłn de los santuarios… Por otra parte, en Siria, el Papa tendrĂa un gran apoyo en los maronitas, pues, como bien sabe, ha instalado en Roma un colegio para sus sacerdotes… En fin, lo he meditado bien, lo he previsto todo, y Ă©sta será una nueva era, la era triunfal, para el catolicismo. Acaso se diga que esto es ir demasiado lejos, que el Papa se hallarĂa desplazado, como desinteresado de las cuestiones de Europa. ¡Pero quĂ© esplendor, y quĂ© autoridad irradiarĂa, entronizado en los santos lugares, hablando en nombre de Cristo desde la tierra sagrada donde Jesucristo hablĂł! AllĂ está su patrimonio y allĂ debe estar su reino. Y quede usted tranquilo, que haremos este reino sĂłlido y poderoso, poniĂ©ndolo a resguardo de perturbaciones polĂticas y basando su presupuesto en la garantĂa de los recursos del paĂs, con una banca grandiosa, cuyas acciones se disputarán los catĂłlicos de todo el mundo.
Saccard, que se habĂa puesto a sonreĂr, seducido por la magnitud del proyecto, aunque falto de convicciĂłn, no pudo abstenerse de bautizar la citada banca, con la gozosa exclamaciĂłn de quien hace un hallazgo.
—¡El tesoro del Santo Sepulcro! ¿Qué le parece? ¡Soberbio! ¡Ahà tenemos el negocio!