El dinero

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Llevaba allí un rato, contemplando cómo caía el aguacero, cuando, dominando el rumor de la lluvia, se dejó escuchar un claro tintineo de monedas de oro que le obligó a prestar oído. Parecía salir de las entrañas de la tierra, continuo, cristalino y musical, como en un cuento de las Mil y una noches. Volvió la cabeza para orientarse y comprobó que se hallaba a la puerta de la casa Kolb, un banquero que se ocupaba sobre todo en arbitrajes sobre oro, comprando el numerario en los Estados donde su cotización era baja y fundiéndolo después para venderlo en lingotes a los países donde el oro estaba en alza. De la mañana a la noche, cuando fundía el oro, subía del subsuelo el cristalino sonido de las monedas, cuando las tomaba de las cajas para echarlas al crisol. Los transeúntes que frecuentaban aquella calle percibían el tintineo durante todo el año. Saccard sonreía ahora, complacido con aquella música, que era como la voz subterránea de aquel barrio de la Bolsa; veía en ello un afortunado presagio.

La lluvia había cesado y cruzó la plaza, para encontrarse seguidamente en casa de Mazaud. Por una casualidad, el joven agente de cambio tenía su domicilio personal en el primer piso del mismo edificio en que estaban instaladas sus oficinas, que comprendían toda la segunda planta. Se había limitado a ocupar el departamento de su tío cuando éste murió, entendiéndose con los restantes herederos para hacerse cargo del negocio.


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