El dinero
El dinero Daban las diez, cuando Saccard subió directamente a las oficinas, a cuya puerta encontró a Gustavo Sédille.
—¿Está ahà el señor Mazaud?
—No lo sé, señor; acabo de llegar.
El joven sonreÃa, retrasado como siempre, tomando a la ligera aquel empleo de meritorio sin paga y resignado a pasar allà un año o dos, por complacer a su padre, el fabricante de seda de la calle Jeüneurs.
Saccard cruzó ante la caja, siendo saludado por el cajero de moneda y por el encargado de los tÃtulos, y penetró en el gabinete de los dos apoderados, donde no halló más que a Berthier, encargado de las relaciones con los clientes, que solÃa acompañar al jefe cuando iba a la Bolsa.
—¿Está el señor Mazaud?
—Creo que sÃ; ahora salgo de su despacho… Pero no, ya no está en él… Está en la oficina del contable.
Empujando una puerta, echó una mirada en torno de la vasta estancia, donde trabajaban cinco empleados a las órdenes del primer oficial.
—¡Pues no, y es raro!… ¿Quiere mirar usted mismo en liquidaciones, ahÃ, al lado?