El dinero

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Saccard le dio las gracias y se apresuró a bajar al piso inferior. Mazaud era uno de los agentes de cambio más jóvenes, y mimado por la fortuna, había tenido la suerte de que muriese su tío, convirtiéndose en dueño de una de las agencias más poderosas de París, a una edad en que se hace aún el aprendizaje de los negocios. Aunque de corta talla, tenía un porte agradable, con sus breves bigotes negros y sus oscuros ojos penetrantes. Desplegaba gran actividad y, al mismo tiempo, demostraba una inteligencia muy despierta. Se hablaba ya de él en la Bolsa por su agilidad física y mental, tan necesaria en la profesión, que, con su fino olfato y su notable intuición, habrían de situarle entre los primeros. Contaba además con aquella voz tan aguda, con informaciones de primera mano de las Bolsas extranjeras, con buenas relaciones entre los banqueros, y, finalmente, con un primo lejano que, según decían, trabajaba en la agencia Hayas. Su esposa, con la que casó por amor, aportó una dote de un millón doscientos mil francos y era una mujer encantadora que le había dado ya dos hijos, una niña de tres años y un varón de dieciocho meses.

En aquel preciso instante, Mazaud despedía en la escalera al doctor, que, sonriente, le tranquilizaba.

—Pase usted —dijo a Saccard—. Es verdad, con esos mocosos, se asusta uno en seguida, creyendo que están gravemente enfermos a la menor contrariedad.


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