El dinero
El dinero Hizo pasar a su visitante al salón, donde todavía estaba su esposa, sosteniendo a la criatura en las rodillas, mientras la niña, feliz al ver la alegría de su madre, se empinaba para besarla. Los tres eran rubios, de una tez blanca y fresca como la leche, y la joven madre parecía tan delicada e ingenua como los niños. Mazaud le dio un beso en la frente, comentando:
—Bien ves que nos habíamos precipitado.
—¡Ah, no me importa! ¡Yo, querido, estoy ahora mucho más tranquila y contenta!
Ante aquella feliz escena, Saccard se detuvo para saludar. La estancia, lujosamente amueblada, reflejaba perfectamente la dichosa vida de la familia, que hasta el momento no había sufrido por ninguna causa de desunión. Tras cuatro años de matrimonio, Mazaud apenas mostraba una ligera curiosidad por cierta cantante de la Ópera Cómica. Continuaba siendo un marido fiel y, al mismo tiempo, tenía fama de no jugar demasiado por su cuenta, pese al ardor de su juventud. Y el agradable aroma de suerte, de felicidad no empañada por nube alguna, se percibía realmente en la discreta paz de los cortinajes y las tapicerías, así como en el perfume de un gran manojo de rosas, que desbordando de un jarrón chino, impregnaba totalmente la sala.
La señora Mazaud, que conocía superficialmente a Saccard, le dijo alegremente: