El dinero
El dinero —¡Nunca! —exclamó de nuevo, furibundo.
Se iba ya, finalmente, cuando reconoció ante la caja a Moser y Pillerault, el primero de ellos embolsándose con aire candoroso los beneficios de la quincena, que ascendÃan a siete u ocho mil francos, mientras el otro, que habÃa perdido, pagaba con una decena de billetes de mil, entre exclamaciones agresivas y soberbias, como si celebrara una victoria. La hora del almuerzo y la Bolsa se acercaba y la oficina se vaciarÃa en parte. Del despacho de las liquidaciones, cuya puerta habÃa quedado entreabierta, escapaban las risas que subrayaban el relato que Gustavo hacÃa a Flory, sobre una excursión en canoa, en la que su amiga habÃa caÃdo al Sena, perdiendo sus medias.
Ya en la calle, Saccard miró el reloj, que marcaba las once. ¡Cuánto tiempo perdido! No, no irÃa a casa Daigremont; y a pesar de su arrebato ante la sola mención del nombre de Gundermann, decidió súbitamente subir a verle. Por otra parte, ya le habÃa anunciado su visita en casa Champeaux, hablándole de su gran negocio, para eliminar de sus labios aquella sonrisa maliciosa. Diose como excusa que no pretendÃa obtener provecho alguno, deseando sólo desafiarle y triunfar sobre él, que le trataba como a un muchacho. Y como empezaba un nuevo chubasco que convertÃa la calle en un torrente, saltó a un coche de alquiler, gritándole al cochero una dirección en la calle Provence.