El dinero
El dinero Mientras Saccard subÃa por la amplia escalinata de piedra, de gastados escalones por el continuo ir y venir de la gente, que los dejaba más desgastados que el umbral de una iglesia antigua, experimentaba un movimiento de rebeldÃa y un inextinguible odio por aquel hombre. ¡Ah, el judÃo! SentÃa contra el judÃo el viejo rencor contra su raza, que se encuentra sobre todo en el sur de Francia. Era como un rechazo de su propia carne, una repulsión de su piel, que, ante la idea del menor contacto, se sublevaba llena de repugnancia y violencia, de un modo irrazonado e invencible. Pero lo más extraño era que Saccard, terrible intrigante de los negocios, que se ensuciaba las manos en la conquista del dinero, perdÃa la conciencia de sà mismo cuando se trataba de un judÃo, hablando con la aspereza y la vindicativa indignación de un hombre honrado que viviese de su trabajo, ajeno a todo negocio usurario. Y se erigÃa en inquisidor de aquella raza maldita, carente de patria y de prÃncipe, que vivÃa como parásita de las naciones, fingiendo reconocer sus leyes, mas sin obedecer otra cosa que su dios del robo, la sangre y la ira. La mostraba entonces por doquier, llevando a cabo la feroz misión impuesta por su divinidad, estableciéndose en cada pueblo como la araña en el centro de su tela, para acechar sus presas chupando la sangre de todos y cebándose con la vida de los demás. ¿Se vio jamás a un judÃo trabajando con las manos? ¿Acaso habÃa campesinos u obreros que fuesen judÃos? No, el trabajo les deshonraba y su religión casi lo prohibÃa, exaltando solamente la explotación del trabajo de los demás. Saccard parecÃa presa de un gran furor, precisamente porque les admiraba y envidiaba sus prodigiosas facultades financieras, su ciencia innata, aquella natural facilidad para las operaciones más complicadas, el olfato y la suerte que aseguraban el triunfo en todo cuanto emprendÃan.