El dinero

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El gabinete de Gundermann era una grandiosa habitación, de la que ocupaba un pequeño rincón, en el fondo, junto a la última ventana. Sentado ante una sencilla mesa de caoba, se colocaba de modo que daba espalda a la luz, quedando su rostro sumido en la oscuridad. Se levantaba a las cinco de la madrugada y se ponía a trabajar mientras París aún dormía, de modo que cuando hacia las nueve, se precipitaba la oleada de los apetitos ante su presencia, él daba fin a su jornada. En el centro de la sala, en mesas mayores, se hallaban dos de sus hijos y uno de sus yernos, que le ayudaban, raramente sentados, agitándose entre el ir y venir de los innumerables oficinistas. Pero éste era el funcionamiento interior de la casa. La gente atravesaba la estancia en busca de él, del amo, sentado en su modesto rincón, mientras durante horas y horas, hasta el momento de almorzar, recibía con aire impasible y taciturno, haciendo a veces un gesto o pronunciando unas palabras cuando deseaba mostrarse amable.

En cuanto Gundermann vio a Saccard, su rostro se iluminó con una leve sonrisa socarrona.

—¡Ah! ¿Es usted, amigo mío?… Siéntese usted un momento, si tiene algo que decirme. Soy con usted en seguida.


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