El dinero
El dinero Y afectó olvidarse de él, sin que Saccard, por su parte, demostrara impaciencia, interesado por el desfile de los corredores, que entraban pisándose los talones, con un profundo saludo, sacándose de la levita idénticas tarjetas con las cotizaciones de la Bolsa, que todos presentaban al banquero con el mismo gesto suplicante y respetuoso. Pasaron diez y luego otros diez, y el banquero tomó una y otra vez sus tarjetas, para devolverlas tras echarles una mirada. Nada habÃa que igualase su calma, de no ser su indiferencia completa ante aquel chaparrón de ofertas.
Apareció entonces Massias, con el aspecto festivo e inquieto de un perro apaleado. Le recibÃan a veces tan mal, que habrÃa llorado; pero aquel dÃa, sin duda, estaba en el colmo de su humildad, pues se permitió una inesperada insistencia.
—Observe, señor, que las Mobilier están muy bajas… ¿Cuántas quiere usted que le compre?
Gundermann, sin tomar la cotización, levantó sus verdes ojos hasta aquel hombre que se mostraba tan familiar, respondiendo crudamente:
—Oiga, amigo, ¿por casualidad cree que me divierto recibiéndole?
—¡Por Dios, señor! —respondió Massias, extremadamente pálido—. Crea usted que aún me divierte menos a mà venir aquà cada mañana, para nada, desde hace tres meses.