El dinero
El dinero A pesar de su sorda irritación, Saccard empezaba a verse invadido por cierto sentimiento de respeto. Había reconocido al caballero rubio, que era representante de una de las grandes potencias, muy altivo en las Tuileries, con aire severo y grave; ahora, en cambio, se mostraba con la cabeza levemente inclinada, sonriendo solícito. En otras ocasiones, eran altos funcionarios e incluso ministros en persona, quienes eran recibidos así, de pie, en esta sala, tan pública como una plaza, llena del alboroto de los niños. De aquel modo se confirmaba la universal realeza del banquero, que tenía embajadores propios en las cortes de todo el mundo, cónsules en todas las provincias, agentes en cada una de las ciudades y naves sobre todos los mares. No era en modo alguno un especulador o un capitán de aventuras, que maniobrase con los capitales de los demás, soñando, como Saccard, en heroicos combates en los que al vencer, ganaría para sí un colosal botín, gracias a la ayuda del oro mercenario alistado bajo sus órdenes. Gundermann era, como decía con sencillez, un simple tratante en dinero, tan hábil y celoso como se podía ser. Pero, para dar firmeza a su poderío, necesitaba dominar la Bolsa, y ésta era la causa de que en cada liquidación librase una nueva batalla donde invariablemente alcanzaba la victoria por la invencible fuerza de sus nutridos batallones.