El dinero

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Por unos momentos, Saccard, que le observaba, permaneció agobiado por la idea de que todo el dinero que manejaba era suyo, que guardaba en sus cuevas aquella inagotable mercancía, con la que traficaba como comerciante sagaz y prudente, como dueño absoluto obedecido por una mirada, y deseoso de ver, oír y hacerlo todo personalmente. Su millar de millones, maniobrado de tal forma, constituía una fuerza inexpugnable.

—No dispondremos siquiera de un minuto, mi buen amigo —dijo Gundermann, mientras se acercaba de nuevo a Saccard—. Mire, voy a almorzar, de modo que pase conmigo a la sala de al lado y tal vez nos dejen unos momentos tranquilos.

Aquella habitación era el pequeño comedor del hotel, el de las mañanas, donde nunca se encontraba la familia completa. Aquel día se sentaban sólo diecinueve a la mesa, y de ellos, ocho eran niños. El banquero se situaba en el centro y no tenía ante sí más que un tazón de leche.

Permaneció unos instantes con los ojos cerrados, extenuado de fatiga, con el rostro muy pálido y contraído, pues sufría del hígado y los riñones. Luego, tras llevarse a los labios el tazón con manos trémulas, dejó escapar un suspiro.

—¡Ah, hoy estoy rendido!


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