El dinero
El dinero Saccard encontró a Sédille agitado, inquieto, pues era un jugador sin flema ni filosofía. Vivía entre remordimientos, siempre esperando y abatido siempre, enfermo de incertidumbre, porque, en el fondo, continuaba siendo honrado. La liquidación de fines de abril le había resultado desastrosa. No obstante, su grasiento rostro de rubias patillas se animó al escuchar las primeras frases.
—¡Ah, querido, si lo que me trae es la suerte, sea usted bienvenido!
Pero, en seguida, fue presa de temor.
—¡No, no! No me tiente. Mejor haría encerrándome con mis piezas de seda, sin moverme de mi despacho.
Esperando que se calmara, Saccard le habló de su hijo Gustavo, diciendo haberle visto por la mañana en casa de Mazaud. Pero éste era para su padre otra causa de inquietudes, pues había soñado con descargar en él el peso de la casa, y el joven desdeñaba el comercio, inclinado a la feliz holganza, dispuesto, como los hijos de los nuevos ricos, a despilfarrar las fortunas amasadas por sus mayores. Su padre le había colocado en casa de Mazaud, esperando que se sintiera interesado por las cuestiones financieras.
—Desde la muerte de su pobre madre —murmuró—, me ha dado muy pocas satisfacciones. En fin, tal vez en ese empleo aprenda cosas que me resulten útiles.