El dinero
El dinero —Bien —le interrumpió bruscamente Saccard—, ¿está usted con nosotros? Daigremont me ha hecho venir para decirle que él está en el negocio.
Sédille alzó al cielo sus brazos temblorosos, y con voz alterada por una mezcla de temor y deseo, exclamó:
—¡Claro que sÃ! ¡Estoy con ustedes! ¡Bien sabe usted que no puedo hacer otra cosa! Si me negase y el negocio marchara, enfermarÃa de arrepentimiento… Diga a Daigremont que cuente conmigo.
Al salir a la calle, Saccard consultó el reloj y vio que apenas eran las cuatro. Visto el tiempo de que disponÃa y sintiendo ganas de caminar, despidió el coche. Pero no tardó en arrepentirse, pues aún no habÃa llegado al bulevar, cuando un nuevo chaparrón de agua y granizo le obligó de nuevo a refugiarse bajo un portal. ¡Qué asco de tiempo, cuando habÃa que andar por ParÃs! Tras de contemplar un cuarto de hora la caÃda del chubasco, acabó por impacientarse, llamando a un coche vacÃo que acertó a pasar. Se trataba de una victoria y por mucho que trató de taparse las piernas con el impermeable, llegó a la calle La Rochefoucauld empapado y con media hora de anticipación.