El dinero
El dinero El criado le dejó en un saloncito, diciendo que el señor no había vuelto todavía, y Saccard se puso a pasear, examinando los cuadros. Pero, al oír una soberbia voz femenina, una contralto melancólica y potente que se elevaba en el silencio del hotel, se acercó a la abierta ventana, para escucharla; era la señora que ensayaba al piano un fragmento, que sin duda cantaría por la noche en algún salón. Mecido por aquella música, se puso a pensar en las extraordinarias historias que se explicaban de Daigremont. Pensó ante todo en la cuestión de la Hadamantine, aquel empréstito de cincuenta millones cuyo stock conservó en mano, haciéndolo vender y revender cinco veces seguidas, hasta crearle un mercado y establecer su precio; recordó luego una venta formal, en la que el súbito descenso de trescientos francos a quince, le proporcionó inmensos beneficios a expensas de una multitud de cándidos que se arruinaron de golpe. ¡Era realmente poderoso y, al mismo tiempo, terrible! La voz de la señora seguía, exhalando una enternecida lamentación de trágica amplitud, mientras Saccard, de nuevo en el centro de la estancia, se detenía ante un Meissonier que evaluó en cien mil francos.
Alguien entró en aquel momento, mostrándose sorprendido al reconocer a Huret.
—¡Cómo!, ¿ya está usted aquí? Ni siquiera son las cinco… ¿Terminó, pues, la sesión?