El dinero
El dinero —¡Ah!, sÃ, terminó… No hacen más que reñir entre sÃ.
Y explicó entonces cómo, debido a la tesitura adoptada por el diputado de la oposición, que no cesaba de hablar, con seguridad que Rougon no podrÃa contestar hasta el dÃa siguiente. Por eso, a la vista de aquel panorama, se habÃa aventurado a abordar al ministro, durante un corto receso de la sesión y forzando un encuentro en los pasillos.
—Bueno, ¿y qué? —preguntó Saccard nerviosamente—, ¿qué es lo que dijo mi ilustre hermano?
Huret no puso prisa en contestar.
—¡Oh!, estaba de un humor de perros… Le confieso que ya contaba con esa exasperación en que le veÃa sumido; y esperaba incluso una reacción por su parte enviándome simplemente a paseo… El caso es que le solté el paquete, hablándole de su asunto y diciéndole que usted no querÃa emprender nada sin su aprobación.
—¿Y entonces, qué?
—Pues entonces, me cogió por los dos brazos, y estuvo dándome sacudidas, mientras me gritaba en pleno rostro: «¡Que intente ahorcarse si quiere!». Y me dejó plantado allà mismo.
Saccard, que se habÃa quedado pálido, esbozó una risa forzada.
—Tiene gracia la cosa.